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¿Y el Nacimiento?

El Nacimiento nos recuerda, siempre, que en tiempos buenos y malos,   ese Niño nacido en Belén, que vino a ser parte de nuestra historia, de nuestros dolores y alegrías ES la Navidad. Sin ÉL no hay nada. Con ÉL, lo tenemos todo.

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Por Carmen Marón
Publicado el 23 de diciembre de 2023


     De niña mis navidades estaban llenas de magia. A mediados de diciembre (para que durara) papá y el papá de unos primos iban a un terreno que tenían y cortaban ramas de ciprés. Eso, a su vez, nos regalaba árboles muy al estilo Gaudí, llenos de recovecos y hoyos entre los cuales aparecían pájaros en bases redondas, y se colgaban adornos hechos por las tres hijas. Obviamente para armarlo se necesitaba de cubetas, pedazos de ladrillo y yardas de alambre.

     Más adelante se compró un pino artificial gigantesco dónde cupieran todos los adornos de tres décadas de recuerdos. Se añadían cada año, ya fuera por compras, o por regalos. Llegamos a tener bailarinas de cristal, violines, bombas con nombres, renos... ¿qué les digo?

      Por casi doce años mi sobrino mayor fue sobrino único. Así que debajo del árbol había regalos de regalos que llegaban hasta el sofá. Y, por supuesto, estaban los regalos para los adultos también. Una vez mamá se equivocó de regalo y le dio el perfume que le había comprado a papá a otra persona. Cuando le habló el día después de Navidad, la amiga le confesó avergonzada que se lo había regalado al novio de su hija...

     Fueron, para mí, Navidades felices. Papá daba su discurso cada año como hace mil novecientos noventa y ocho años o dos mil cuatro años o dos mil ocho años se conmemoraba el Nacimiento de Jesús, y,después, una larga oración que incomodaba a veces. Luego servía porciones enormes de pavo, finalizando con la pierna “a pura mano” para horror de mamá. Mi tía se sentaba en su puesto guapísima,  Los invitados hablaban sin parar. El año antes de la pandemia la mesa se extendió como a catorce gentes.

     Yo, por mi parte, trate de recrear en mini esas Navidades en mi casa. Tuve adornos de todos los colores, hasta un par de zapatos morados que se perdieron con el tiempo. Tuve cenas en mi casa aunque casi no cabía un alfiler. Un año logré meter cuarenta personas. ¿Cómo?  No sé.

     En el 2010, casi siete años antes de la historia que voy a contar, vi un nacimiento italiano precioso en una tienda. Estaba al 70% de descuento, así que lo compré. El nacimiento quedó guardado por años en un baúl. Yo no había crecido con nacimientos, y no formaban parte de mi decoración. En el 2017 estaba subiendo a Facebook todas mis decoraciones: las bolas blancas rodeadas de lucitas de a dólar, el reno cuadriculado, las mariposas doradas, et al, cuándo el mismo sacerdote que ya he mencionado en santos héroes y otros artículos me mandó un mensaje por WhatsApp

P: “Esta linda tu decoración.¿Y el nacimiento?”

CM: “No tengo nacimiento, Padre”

P: “Bueno...”

(Esos tres puntos de mi Director Espiritual que dicen más de lo que quiero oír).

   Me quedé sentada en la silla pensando que hacer y de repente me acordé del famoso nacimiento en el baúl. Subí a traerlo. José había sufrido una craneotomía en la parte del velo, que es de resina, pero logré pegarla. Quité unos renos y pinos de un mueble, y puse el nacimiento, rodeado de más luces de a dólar. Observé el efecto y quedé satisfecha con el resultado, pero algo faltaba. Se me ocurrió decir una oración.

  “Señor”, susurré. “Ven a esta casa y a mi corazón”.

    No hubo un viento recio, ni una luz, ni nada. No pasó nada. Pero de repente, empecé a llorar.

    Desde entonces, cuando iba de viaje, imitaba a la doctora (si de la que he hablado también en esta columna) y compraba nacimientos. Poco  a poco me hice de una colección. Cuando nació mi ahijada, le di un nacimiento. Hoy tengo nacimientos por toda la casa y mi mesa de centro es el lugar del Nacimiento junto con la corona de Adviento.

    El tiempo pasa inexorable. Mi sobrino creció. Mi tía y muchos invitados se nos adelantaron. Tengo la bendición de tener aún a papá y mamá y celebrar con ellos la Navidad, y (milagrosamente) grabé el último discurso de papá en el 2021. Casi un siglo, pesa, y ya no los da. Este año, hubiera sido para mí un año de recuerdos de Navidades pasadas. Pero, sabiéndolo, me compré un Nacimiento nuevo (en descuento, claro). Una replica preciosa de los que se hacían el siglo pasado. Y allí esta San José con el cráneo abierto, en otra mesa de honor.

     Así que esta Navidad, sea católico o evangélico, cómprese un nacimiento.Ni el Grinch, ni Elf on the Shelf, ni el árbol con todas las luces, ni los Cascanueces son malos (mi árbol fue de Cascanueces este año), pero son parte de una cultura secularizada de la Navidad. Y cuando el tiempo pasa, el Grinch aburre, el enano se ensucia, y los cascanueces tienen barbas grises. Pero el Nacimiento nos recuerda, siempre, que en tiempos buenos y malos,   ese Niño nacido en Belén, que vino a ser parte de nuestra historia, de nuestros dolores y alegrías ES la Navidad. Sin ÉL no hay nada. Con ÉL, lo tenemos todo. Y esa enseñanza da fuerza a lo largo de toda la vida.

    ¡Una Feliz y Santa Navidad para todos! Que el Niño del Pesebre nos enseñe a ser más misericordiosos y compasivos con  los dolores y las miserias  de los demás.

Educadora.

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